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- La ‘edad de oro’ de la investigación contra el alzhéimer: «Los dos únicos fármacos aprobados son solo la punta del iceberg»por Esther Armora en 20 de septiembre de 2026 a las 23:20
«En ningún lugar está escrito que el alzhéimer sea invencible». La frase que pronunció Pasqual Maragall en 2007, poco después de conocer que padecía la enfermedad, cobra un nuevo significado casi dos décadas después. El alzhéimer continúa sin cura y sigue siendo una enfermedad neurodegenerativa devastadora para quienes la padecen y para sus familias, pero la investigación ha entrado en una etapa en la que el diagnóstico precoz, la prevención y los tratamientos capaces de modificar su evolución comienzan a abrir una vía distinta a la de los fracasos acumulados durante décadas. Estamos ante una «era dorada» en la lucha contra la enfermedad, marcada por importantes avances científicos y por el esfuerzo paralelo por desterrar el estigma que todavía acompaña al alzhéimer. El desafío crece al mismo ritmo que envejece la población. En España hay actualmente alrededor de un millón de personas con demencia -las últimas estimaciones de ‘Alzheimer Europe’ sitúan la cifra en 983.920 casos en 2025-. Si se mantienen las actuales tendencias demográficas y de prevalencia, el número podría alcanzar los 1,8 millones de diagnósticos en 2050, un incremento cercano al 82%.Tras años de tratamientos fallidos dirigidos a las fases finales de la patología, con efectos secundarios importantes que cerraban la puerta a su traslado a la clínica, la ciencia apunta ahora en la buena dirección poniendo el foco en las fases preclínica e inicial de la enfermedad. En la actualidad, hay en marcha 192 ensayos clínicos, algunos de ellos en fase III, que se dirigen a 158 moléculas diferentes. El resultado de estas investigaciones podría traducirse en pocos años en un «potente arsenal terapéutico» contra la patología.La ciencia ha virado su estrategia frente al alzhéimer: la clave ahora está en adelantarse al deterioro cognitivo identificando las alteraciones biológicas de la enfermedad cuando todavía no han provocado síntomas significativos y actuar sobre ellas. Arcadi Navarro , director de la Fundación Pasqual Maragall, destaca este cambio de paradigma. «Estamos en un momento de avances científicos relevantes. Disponemos de herramientas cada vez más precisas para detectar los cambios asociados al alzhéimer y, por primera vez, de tratamientos capaces de actuar sobre su biología», señala Navarro.Entre los avances con mayor potencial destaca los biomarcadores en sangre , capaces de detectar señales relacionadas con la patología mediante una simple analítica. «Esta herramienta permite un diagnóstico más temprano y menos invasivo y, sobre todo, identificar a personas en fases iniciales, cuando un tratamiento modificador podría tener mayor margen de actuación», indica el científico.La segunda gran baza de la ciencia es la prevención. La ‘Comisión Lancet’ identificó en 2024 catorce factores de riesgo modificables —como hipertensión, pérdida auditiva, inactividad física, obesidad, tabaquismo, diabetes, depresión, aislamiento social, contaminación, pérdida de visión o colesterol LDL elevado— que, actuando sobre ellos a lo largo de la vida, podrían contribuir a prevenir o retrasar hasta el 45 por ciento de los casos de demencia, no exclusivamente de alzhéimer. «La prevención debe comenzar desde etapas tempranas de la vida, pero las intervenciones son efectivas en cualquier momento», sostiene Navarro.«Hay catorce factores de riesgo modificables —hipertensión, sordera, diabetes, colesterol, etc…— que, actuando sobre ellos podrían prevenir o retrasar hasta el 45% de los casos de demencia» Arcadi Navarro Director de la Fundación Pasqual MaragallEl tercer frente abierto contra el alzhéimer es el farmacológico. La investigación internacional trabaja con un número récord de moléculas -192 ensayos clínicos que apuntan a 158 proteínas diferentes- dirigidas contra distintos mecanismos biológicos. El campo ya no se limita a las proteínas beta-amiloide y tau , los ensayos se adentran en fases cada vez más tempranas de la enfermedad y en nuevas dianas terapéuticas. El objetivo es disponer de un arsenal que permita adaptar los tratamientos a las características biológicas de cada paciente.Una aportación destacable es la del programa AMBAR, impulsado por la farmacéutica española Grifols, que utiliza el recambio periódico de plasma para retirar proteínas asociadas al alzhéimer (beta-amiolide). El estudio ha mostrado una nueva vía de esperanza al constatar una ralentización del 61% en la progresión de la enfermedad leve y moderada frente a pacientes no tratados.De entre todas las investigaciones en marcha, en su mayoría dirigidas a ralentizar la progresión de la enfermedad, el director de la Fundación Pasqual Maragall destaca una terapia génica desarrollada en Australia que ha logrado que ratones con la patología recuperen la memoria mediante la reducción de una proteína. El tratamiento se encuentra aún en una fase inicial en humanos y debe demostrar su seguridad y eficacia. Advierte, sin embargo, de que el salto del laboratorio a la clínica sigue siendo uno de los grandes obstáculos: «Muchos resultados obtenidos en animales no consiguen reproducirse posteriormente en personas por su elevada toxicidad». Al margen de este nuevo arsenal terapéutico que se cuece en el laboratorio, está el único tratamiento aprobado por las agencias reguladoras que ya ha mostrado eficacia: los fármacos lecanemab y donanemab , anticuerpos monoclonales focalizados contra la beta-amiloide, que han demostrado ralentizar modestamente la progresión en pacientes que se encuentran en fases iniciales de la enfermedad, aunque su aplicación está restringida a determinados perfiles y plantea interrogantes sobre eficacia, seguridad, coste y capacidad asistencial. Para Navarro, son «solo la punta del iceberg». «Queda mucho hielo por debajo», sostiene en declaraciones a ABC y recuerda que ambos anticuerpos benefician solo a un porcentaje reducido de pacientes. El pasado 15 de julio, el Ministerio de Sanidad descartó incluir el lecanemab y el donanemab en la cartera pública, por lo que los pacientes que quieran acceder a él deben costearlo por la vía privada, lo que ha generado críticas desde algunos sectores de la ciencia y entre las asociaciones de pacientes.«Estamos en un momento agridulce. Por primera vez podemos prescribir tratamientos aprobados y eficaces, pero, sin embargo, en España solo pueden acceder a ellos quienes se los puedan pagar» Juan Fortea Responsable del Grupo de Neurobiología de las Demencias del Instituto de Investigación del Hospital de Sant PauDesde el Hospital de Sant Pau de Barcelona, el doctor Albert Lleó , director del Servicio de Neurología, subraya la importancia de que exista por primera vez un tratamiento aprobado por las agencias reguladoras y disponible ya en numerosos países pero lamenta que España siga al margen de esta incorporación. A juicio de Juan Fortea, responsable del Grupo de Neurobiología de las Demencias del Instituto de Investigación del Sant Pau, esta situación «hace que estemos en un momento agridulce. Por un lado, celebramos que por primera vez podemos prescribir tratamientos aprobados por las agencias reguladoras y han mostrado eficacia, pero, por otro, en España solo pueden acceder a ellos quienes se los puedan pagar».La Sociedad Española de Neurología (SEN) reclama al Ministerio de Sanidad que reconsidere su decisión de no financiar estos fármacos. «Restringir su acceso a quienes puedan costeárselos de forma privada vulnera el principio de equidad de nuestro Sistema Nacional de Salud», advierte la neuróloga Raquel Sánchez del Valle, coordinadora del Grupo de Estudio de Conducta y Demencias de la SEN. La especialista recuerda que alrededor de un 4% de las personas con alzhéimer en España podría beneficiarse de estos fármacos.«Desde la SEN solicitamos a las autoridades sanitarias que reconsideren esta resolución, porque restringir el acceso a estos fármacos solo a quienes puedan costeárselos de forma privada vulnera el principio de equidad de nuestro SNS» Raquel Sánchez del Valle Coordinadora del Grupo de Estudio de Conducta y Demencias de la SENAnte la controvertida anastomosis linfático-venosa cervical profunda, una especie de «by-pass» para mejorar el drenaje de residuos cerebrales, los expertos mantienen la cautela. Desarrollada en China y llevada a la práctica clínica sin estudios sólidos sobre su seguridad y eficacia, el Gobierno chino prohibió en julio de 2025 su uso clínico y limitó el procedimiento al ámbito de la investigación. En España, el Hospital Germans Trias i Pujol de Badalona (Barcelona) estudia la técnica en una fase todavía preliminar. «Si demuestra su eficacia con estudios sólidos de muchos pacientes podría incorporarse al arsenal terapéutico», apunta Arcadi Navarro, aunque insiste en que se encuentra en una fase «muy incipiente».Las familias asumen el 87% del costeMientras la ciencia avanza, las familias siguen asumiendo buena parte del peso de la enfermedad. Según la Fundación Pasqual Maragall, participan en más del 80% de los casos de atención y soportan, de media, el 87% del coste total, unos 42.000 euros por persona afectada.Laia Ortiz , directora del Área Social de la Fundación, reclama que quienes conviven durante años con la enfermedad puedan mantener «un proyecto de vida lo más digno posible» y pide a las administraciones adaptar el entorno a sus necesidades.El envejecimiento aumentará el impacto del alzhéimer, pero también crecen las herramientas para combatirlo: biomarcadores, conocimiento de factores de riesgo y nuevos tratamientos experimentales. El reto es trasladar estos avances a la práctica para detectar antes, prevenir mejor y tratar a quienes puedan beneficiarse.
- Los objetos en órbita se triplican en una década y ponen en riesgo el tráfico espacialpor Judith de Jorge en 20 de septiembre de 2026 a las 23:20
En la premiada película ‘Gravity’ (2013), de Alfonso Cuarón, la destrucción de un satélite ruso genera una reacción en cadena de basura espacial que acaba por hacer añicos el transbordador en el que viajan los protagonistas. La historia es una ficción pero el fenómeno que describe tiene nombre y los científicos lo toman muy en serio. Se llama Síndrome de Kessler, un escenario en el que una colisión en el espacio dispara fragmentos que originan nuevas colisiones, en un proceso que puede llegar a ser autosostenido. Según el último informe sobre el Entorno Espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA) , la posibilidad de que algo así ocurra está más cerca de lo que se creía. La razón es que, aunque parezca una paradoja, el espacio está lleno. Al menos, el más cercano. El crecimiento extraordinario de la actividad espacial ha multiplicado los objetos en órbita por tres en diez años, llegando a casi 45.000 en 2025 entre satélites operativos (unos 15.000) y chatarra, lo que comprende fragmentos de cohetes, restos de antiguas misiones y naves que han dejado de funcionar. Por debajo de los 10 centímetros, se calcula que hay más de 200 millones de objetos. Y la predicción es que esas cifras se disparen en el futuro.Los datos del año pasado ilustran el acelerón. En 2025 se realizaron más de 300 lanzamientos, que pusieron en órbita más de 4.000 nuevas cargas útiles, es decir, satélites, naves espaciales o instrumentos. Un millar más en tan solo un año. En general, este llamativo incremento se debe al crecimiento de las grandes constelaciones de satélites, como Starlink, de Elon Musk —hay 11.000 desplegados y 30.000 más autorizados— , y al creciente uso de misiones compartidas, que permiten colocar cada vez más objetos en cada despegue.La ESA utiliza una métrica, el Índice de Salud del Entorno Espacial, para indicar con un solo número si nuestro comportamiento actual en el espacio es sostenible a largo plazo. En el último año, ha empeorado de 4 a 50, un orden de magnitud completo. Peligro medioambientalLas consecuencias pueden ser múltiples. El astrofísico David Galadí, coordinador del nodo español de la Oficina para la Divulgación de la Astronomía de la Unión Astronómica Internacional (IAU), compara la congestión espacial con la contaminación lumínica clásica. «Primero era un problema para los astrónomos, porque dificulta la observación del cielo. Pero después se convirtió también en un problema energético y medioambiental, que influía en los ecosistemas y en la salud humana», señala.Para Galadí, algo similar ocurre con la congestión de la órbita terrestre baja, situada por debajo de los mil kilómetros de altitud. «Los primeros en alzar la voz sobre sus efectos fueron, de nuevo, los astrónomos, por las molestias para ver las estrellas », señala. A esto se une el impacto paisajístico: «La noche dejará de ser lo que era, convirtiéndose en una feria de satélites en movimiento». En 2025 se realizaron unos 300 lanzamientos con más de 4.000 nuevas cargas útiles a bordo. Un millar más en tan solo un añoAdemás, el investigador recuerda que «todo lo que se lanza a la órbita terrestre baja vuelve a caer. Y cuando lo hace se desintegra en la atmósfera, inyectando cantidades masivas de metales, compuestos químicos, plásticos… El reingreso afecta a la capa de ozono y al equilibrio térmico del planeta, pero se lanzan satélites sin que nadie haya pedido antes un estudio medioambiental», explica. Por último, la órbita baja «ya no es un espacio de aventura, como la frontera del lejano oeste. Hoy en día es un recurso económico para las empresas». El incremento de satélites ha aumentado el riesgo del síndrome de Kessler. «Si dos satélites chocan, ya no tienes dos, tienes mil», dice Galadí. El escenario más preocupante supondría el fin de la órbita terrestre como recurso industrial, convirtiéndola en un ambiente en el que no se pueda circular. Aunque no se lanzaran nuevos satélites, la cantidad de desechos espaciales seguiría aumentando, ya que los eventos de fragmentación generan escombros más rápido de lo que pueden reingresar a la atmósfera. Poner ordenEl informe también pone de manifiesto el creciente riesgo en tierra de que se produzcan víctimas por fragmentos que sobreviven a la reentrada en la atmósfera. El número esperado de víctimas anuales por este motivo ha pasado de 0,02 en el año 2000 a 0,1 (en otras palabras, ahora se espera una víctima cada diez años, en vez de una cada 60). Con todo, la probabilidad «sigue siendo baja en comparación con muchos riesgos cotidianos». Hasta ahora, el único caso conocido de una persona alcanzada directamente por basura espacial es el de Lottie Williams, en 1997, cuando un pequeño fragmento de un cohete Delta II la golpeó en Oklahoma (EE.UU.). No sufrió heridas.La probabilidad de que alguien sea golpeado por el fragmento de un cohete ha aumentado de una vez cada 60 años a una cada diezA juicio de Galadí, la solución a estos problemas pasa por ordenar la órbita baja de la misma manera que se hizo con la geoestacionaria, a 36.000 kilómetros de distancia y donde se encuentran satélites meteorológicos y de comunicaciones y televisión. Al ser un recurso natural limitado, un acuerdo internacional lo regula, obligando a retirar los satélites que han llegado a su vida útil para dejar sitio a los nuevos. «Nuestra esperanza es que en la órbita baja ocurra lo mismo —comenta—. Necesitamos regular el número de satélites y poner orden, que no se quede el espacio el primero que llegue». A su entender, se están proponiendo constelaciones de satélites «que son inviables». El problema es que los residuos no desaparecen al mismo ritmo al que llegan nuevos objetos. Cada día se lanzan diez cargas útiles, pero solo tres reingresan de forma controlada. Fragmentos y satélites inactivos contribuyen de manera significativa al crecimiento de la basura espacial. Y hay otro inconveniente: cada vez se detectan más fragmentos que no pueden relacionarse con un satélite concreto. Esto complica la vigilancia y hace más necesaria una gestión eficaz del tráfico espacial.Cero desechosSegún la ESA, reducir la basura espacial pasa por conseguir que las naves se destruyan por completo durante la reentrada y aumentar las reentradas controladas. Pero, además, Europa trabaja en la iniciativa Zero Debris (Cero desechos), cuyo objetivo es limitar de forma significativa la producción de residuos en las órbitas terrestres y lunares para 2030. Entre las medidas se encuentran nuevos requisitos para el diseño de satélites y tecnologías de retirada de basura. Misiones como ClearSpace-1, planeada para 2029, están concebidas para demostrar que algunos objetos pueden ser capturados y retirados del espacio. La solución a largo plazo también podría pasar por repostar y reparar naves en órbita, lo que pretende demostrar otra misión, RISE, prevista para el mismo año.MÁS INFORMACIÓN noticia Si El cerebro humano no es uno, sino dos órganos distintos y ‘acoplados’ por la evolución noticia Si Injertan neuronas humanas en ratones sin corteza cerebral y recuperan sus capacidadesEl espacio no es infinito, al menos no el que tenemos cerca. Cada nuevo satélite ocupa una posición dentro de un entorno compartido con miles de objetos más. La carrera por poner cada vez más naves en órbita está cambiando ese entorno a una velocidad que las medidas de mitigación todavía no consiguen compensar. Si queremos seguir utilizando el espacio, habrá que aprender a limpiarlo.
- La verdad y las mentiras sobre el islam en Europapor The Economist en 20 de septiembre de 2026 a las 23:20
El pánico sobre el islam en Europa se está extendiendo. En varios países europeos, la mitad de la población piensa ahora que es incompatible con los valores occidentales. El 6 de septiembre, el partido populista de derechas Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 44 % de los votos en Sajonia-Anhalt, su mayor resultado hasta la fecha en unas elecciones regionales, advirtiendo sobre la «islamización» y prometiendo deportaciones forzosas. Ese mismo fin de semana, en Gran Bretaña, cientos de matones con pasamontañas ocuparon Dover, coreando «Detengamos los barcos» y «Cristo es Rey». En Francia, el 60 % de los votantes respalda el llamamiento de Marine Le Pen a prohibir el velo islámico en los lugares públicos.Esta obsesión también ha echado raíces en Estados Unidos. El temor no se centra tanto en los terroristas, como ocurría tras el 11 de septiembre de 2001, sino en un complot islámico para apoderarse de Europa desde dentro. Miembros de la Administración Trump advierten de un «borrado de la civilización».Esta percepción está perjudicando las relaciones transatlánticas. Además, es errónea. Europa no se enfrenta a ninguna toma de poder islámica, ni a una radicalización masiva de los musulmanes, ni a un borrado de su cultura. Como demuestra nuestro reportaje, no existen «zonas prohibidas», la sharia no se está infiltrando en la legislación nacional y en ningún lugar se está produciendo un «gran reemplazo» demográfico.the_economist_0770El verdadero peligro para Europa es otro: el extremismo alimentado por el islamismo (la creencia de que el Estado debe imponer los principios islámicos) y por la paranoia de la derecha impulsada por las redes sociales. La izquierda agrava esta situación al negar las amenazas modestas, pero reales, que plantea el islamismo. Lo mismo ocurre con los políticos de centro, que guardan silencio por miedo a que se les acuse de racismo. Esta dinámica podría, de hecho, perjudicar a las democracias liberales de Europa, no al sustituirlas por un califato, sino al ralentizar la integración y favorecer políticas que causarían un daño duradero a sus libertades.Actitudes parecidas a los europeosLos temores más extremos se desmontan fácilmente. Incluso tras una inmigración récord procedente de países de mayoría musulmana, los musulmanes representan ahora solo el 6% de la población europea, que supera con creces los 500 millones. Aunque los recién llegados suelen tener más hijos que los nacidos en el país, las tasas de fertilidad tienden a converger en el plazo de dos generaciones. Eso está muy lejos de suponer la desaparición de una civilización.De hecho, la mayoría de los inmigrantes musulmanes quieren prosperar en su nuevo hogar, no imponerle una versión de las sociedades que acaban de dejar atrás. Sus hijos suelen obtener mejores resultados académicos que sus padres. En Gran Bretaña, el 67% de los bangladesíes que se presentaron a las pruebas estándar en 2021 se matricularon en la universidad a los 19 años, frente al 38% de los británicos blancos. Muchos musulmanes participan en la política convencional: basta con fijarse en el ministro del Interior británico y en el alcalde de Londres. En aspectos importantes, las actitudes de los musulmanes pueden parecerse a las de otros europeos. En una encuesta que encargamos entre los musulmanes británicos, encontramos poca resistencia a que las mujeres trabajen.¿Qué es, entonces, lo que está enfrentando a tantos europeos contra el islam? Muchos musulmanes tienen opiniones antiliberales —en este número informamos sobre el asesinato de un imán abiertamente gay en Sudáfrica. En Gran Bretaña, según nuestra encuesta, el 52% de los musulmanes cree que la homosexualidad está mal, y los jóvenes musulmanes (el 41% de los menores de 35 años) son más propensos que sus mayores (el 25%) a creer que la violencia puede justificarse si alguien insulta al profeta.La mayoría de los inmigrantes musulmanes quieren prosperar en su nuevo hogar, no imponerle una versión de las sociedades que acaban de dejarTener opiniones socialmente conservadoras no convierte por sí mismo a las personas en una amenaza: algunos de los defensores de Europa de la derecha son tan homófobos como los musulmanes a los que condenan. Pero algunas de estas actitudes deberían preocupar a los liberales, que durante mucho tiempo han dado por sentado que las sociedades abiertas acaban por hacer a las personas más tolerantes. Y si el Estado es demasiado pusilánime para hacer frente a los abusos cometidos por las minorías —como cuando bandas de hombres musulmanes abusaron de niñas en varias ciudades inglesas—, esto provoca, con razón, indignación.Islam e islamismoIgual de importante es la confusión entre el islam, una religión, y el islamismo, una ideología política. El islam no es un problema; el islamismo sí puede serlo. A diferencia de los yihadistas del 11-S, la mayoría de los islamistas no abogan por la violencia. Pero muchos practican el «entrismo»: se infiltran en las instituciones democráticas para promover una agenda antiliberal. Los grupos islamistas bien conectados podrían presionar a favor de leyes drásticas contra el discurso del odio o en contra de los programas de lucha contra el extremismo. El principal peligro del entrismo es local. Pequeñas redes bien organizadas pueden hacerse con el control de un colegio, una mezquita, un ayuntamiento o una organización benéfica y utilizar dichas instituciones para desalentar la integración e imponer la conformidad religiosa a otros musulmanes que vivan en las cercanías.La preocupación por estos islamistas no violentos ha crecido entre los servicios de seguridad europeos. En Francia, las autoridades se inquietan por el entrismo encubierto de los Hermanos Musulmanes. Un informe oficial publicado el año pasado advertía de que el islamismo podría, con el tiempo, amenazar las normas laicas y los derechos de las mujeres. Pero eso parece poco probable. El Ministerio del Interior francés estimó que solo 139 de los 2.800 lugares de culto musulmanes estaban vinculados a los Hermanos Musulmanes.Hay un daño más amplio. Los islamistas avivan el antisemitismo, sobre todo en relación con GazaEn cambio, las principales víctimas son otros musulmanes. La mitad de los 12 distritos municipales de Blackburn, en el norte de Inglaterra, tienen más del 60% de población musulmana; dos de ellos superan el 80%. En esas zonas, las mujeres pueden sentirse presionadas para que los consejos de la sharia regulen su vida familiar. Los musulmanes homosexuales y liberales se enfrentan a intimidaciones. Los musulmanes no conformistas se quejan de que las autoridades occidentales —por miedo a ser tachadas de racistas— no les brindan la misma protección que a los ciudadanos no musulmanes.Los musulmanes se integran en EuropaTambién hay un daño más amplio. Los islamistas avivan el antisemitismo, sobre todo en relación con Gaza. Exigen restricciones a la libertad de expresión sobre sus creencias. Intimidan a políticos, humoristas, académicos y periodistas para que practiquen la autocensura. Pueden acosar a colegios, sindicatos de estudiantes, organizaciones benéficas y ayuntamientos.Lo que convierte estas amenazas locales en un peligro continental es la forma en que se explotan. A los islamistas les conviene afirmar que cualquier crítica a su proyecto político es un ataque al propio islam. La izquierda populista, incluidas «Francia Insumisa» y los Verdes en Gran Bretaña, tiende a tachar de racistas las cuestiones relacionadas con la inmigración, la delincuencia o el islamismo.Y la derecha populista suele avivar el miedo afirmando que todos los musulmanes suponen una amenaza y acusando al Estado de un «encubrimiento woke» y de «trato diferenciado». Pocos han sido más vehementes que Elon Musk, quien ha utilizado su plataforma de redes sociales para moldear la opinión sobre el islam en todo el mundo y para impulsar a la derecha antimusulmana europea, desde la AfD hasta Tommy Robinson, un agitador británico al que dedicamos una serie de podcasts de tres episodios que comienza este fin de semana.Los políticos mayoritarios de Europa deben ofrecer una alternativa que persiga la violencia y las amenazasUna alternativa necesaria que persiga la violenciaLas soluciones de la derecha populista son tan antiliberales como los islamistas de los que, según afirman, protegen a Europa. Las promesas de deportaciones masivas, segregación y prohibiciones de vestimenta aterrorizan a los musulmanes, lo que dificulta la integración y los empuja a los brazos de los extremistas. Cualquier país que aplicara tales políticas descubriría que el odio que desataría causaría un daño duradero.Por eso los políticos mayoritarios de Europa deben ofrecer una alternativa. La violencia y las amenazas de violencia deben ser perseguidas judicialmente. Pero no debería haber tabúes en nombre de la sensibilidad cultural. La libertad de expresión no es enemiga de la tolerancia, sino su condición previa. El entrismo debe ser denunciado, al igual que la intolerancia. Los gobiernos que se muestran reticentes a recopilar o divulgar datos dejan un vacío que acaba siendo llenado por la hipérbole especulativa.Abordar todo esto no será fácil ni rápido, pero hay esperanza. Los musulmanes de Europa se están integrando, al igual que lo hicieron las anteriores oleadas de inmigrantes católicos, judíos y caribeños en los países donde se establecieron. La llegada de todos esos grupos anteriores desató pánicos morales sobre si llegarían a integrarse alguna vez. Todos acabaron encontrando su lugar. Los musulmanes también acabarán encontrando su lugar—si la división y la paranoia no se interponen.
- Maria Isabel Ferrer, diagnosticada de alzhéimer: «Mi objetivo es ganarle un minuto al día a mis neuronas»por Esther Armora en 20 de septiembre de 2026 a las 23:20
Maria Isabel Ferrer fue diagnosticada de alzhéimer el 4 de julio de 2024, después de cuatro años buscando una explicación a unos olvidos que habían comenzado mucho antes: una lectura que se atasca, una oración que desaparece o un gato que, de repente, es imposible dibujar. Hoy, a sus 75 años, Ferrer acude periódicamente a talleres de memoria, practica con juegos de palabras cada mañana y colabora con la Fundación Pasqual Maragall. También participa en un ensayo del Hospital Clínic con un medicamento dirigido a reducir los niveles de proteína tau en el cerebro, una de las causantes de la enfermedad. Su objetivo es claro: «Ganar un minuto al día a mis neuronas».En su familia la llaman Maribel; cuando ejercía de profesora, Isabel. Ahora ha recuperado su nombre completo: Maria Isabel. «Porque en realidad me llamo Maria Isabel», aclara entre risas a ABC. Desde que recibió el diagnóstico ha decidido hablar públicamente de su enfermedad para combatir el estigma y reivindicar la importancia de la investigación, que tras años de apuntar a las fases finales de la patología, ahora enfoca a la etapa inicial o preclínica en la que apenas hay deterioro cognitivo.Con optimismo, buen humor y una energía inusual en una persona de su edad, Maria Isabel mira a los ojos a la enfermedad, según afirma, con un único propósito: «Darle la vuelta».—¿Cuándo entendió que aquellos olvidos no eran simples despistes?—Yo creo que el alzhéimer nos avisa. En mi caso, las primeras señales aparecieron en misa. Me pasé de la lectura al sermón sin darme cuenta. Otra vez no recordaba cómo era el Padrenuestro ni el Credo. Eran cosas puntuales. Pero hubo algo que me impactó muchísimo. Una amiga y yo llevábamos a los niños a entrenar y un día estuve jugando con una niña de cinco años que me dijo: «Dibuja un gato». Y fui incapaz de encontrar un gato en mi mente. Imposible. Yo soy maestra, diplomada en EGB y especializada en ciencias. Había dibujado gatos muchas veces. Entonces pensé: ¿cómo puede ser que no pueda dibujarlo? Después tuve otra frustración: no podía leer en voz alta. Me atascaba. Me sentí como una analfabeta, como si no supiera leer. Todo eso me generaba mucha angustia. Y fui yo misma quien quiso averiguar qué tenía.—Sin embargo, tardó cuatro años en tener un diagnóstico.—Durante cuatro años fui al psiquiatra. Me hicieron resonancias, analíticas y pruebas cognitivas. Me decían que era por la edad, pero yo veía que aquello no era normal. Hasta que decidí buscar un neurólogo especializado en alzhéimer. Me repitieron las pruebas y finalmente me hicieron una punción lumbar. Fue la prueba definitiva. El 5 de julio de 2024 me dijeron: «Tal como usted sospechaba, tiene alzhéimer».—¿Qué recuerda de aquel momento?—Se me cayó el mundo encima. Me temblaban las piernas y me quedé en estado de shock. Yo ya intuía que algo fallaba, pero siempre tienes la esperanza de que no sea nada. Iba acompañada de mi hijo y agradecí muchísimo al médico el silencio que nos dio para reaccionar. Cuando salimos a la calle, mi hijo me abrazó y me dijo: «Tú tranquila, que esto lo superaremos juntos». Ese abrazo fue fundamental. Sentí un amor y una fuerza enormes. Le pedí a Dios que, si algún día perdía la memoria, conservara aquel abrazo en mi corazón.«Cuando supe el diagnóstico estaba con mi hijo. Salimos a la calle, me abrazó y me dijo: ‘Tú tranquila, que esto lo superaremos juntos’. Le pedí a Dios que si perdía la memoria conservara aquel abrazo en mi corazón».—¿Qué hizo después con ese diagnóstico?—No quería ocultarlo porque esconder que tengo alzhéimer supone un sobreesfuerzo. Y ese esfuerzo no es bueno. Primero se lo contamos a mis hermanos, a la familia más cercana y a los amigos íntimos. Después al resto. Desde entonces he recibido muchos regalos: todo el mundo se vuelca contigo, te anima y te dice que no estás sola.—¿El alzhéimer le ha cambiado la forma de entender el tiempo?—Totalmente. Antes dejabas cosas para mañana porque pensabas que mañana estarías igual. Ahora no sabes cómo te despertarás. Por eso vivo mucho el minuto y disfruto de cada minuto. Una llamada de alguien que te pregunta cómo estás es un regalo. Cuando viajo ya no hago tantas fotografías porque prefiero disfrutar del paisaje. Quiero que ese momento se quede en mi memoria. También he entendido que no puedo quedarme en casa lamentándome. Hay que activarse desde el primer momento.—¿Cómo se activa una persona cuando acaba de recibir un diagnóstico así?—Voy a actividades de extensión universitaria, a audiciones musicales, al taller de memoria de la Pedrera, al Ateneo, donde estoy escribiendo mi novela, y hago teatro en una asociación de tartamudos. Soy voluntaria de la Fundación Pasqual Maragall y participo en un ensayo clínico en el Hospital Clínic. Y también hago juegos de palabras cada mañana. Les digo a mis neuronas: «Vamos a ver si ganamos un minuto al día». Ese es mi objetivo.«Ocultar la enfermedad supone gastar una energía enorme en intentar que los demás no se den cuenta. Esa energía se la estás quitando a tu cerebro»—¿Quiénes son sus principales aliados?—Mi hijo, mi nuera y mis nietos son mi motor. Tengo dos nietos, Alan, de diez años, y Greta, de cuatro. Ellos saben que tengo alzhéimer. Ahora disfruto mucho más del tiempo con ellos. Siempre les digo: «Recordad que la abuela os quiere muchísimo». Y si algún día no puedo decirlo, quiero que sepan que los seguiré queriendo aunque no pueda expresarlo.—¿Qué encuentra en los grupos de apoyo que quizá no encuentra en una consulta médica?—En el programa ‘Actívate’ de la Fundación Pasqual Maragall hemos podido hablar entre personas que tenemos la enfermedad. Eso es muy importante. Los científicos pueden explicar qué ocurre en el cerebro, pero nosotros podemos explicar cómo nos sentimos. Lo único que critico es que durara tan poco: ocho semanas, una hora cada sesión. Pedimos que tenga continuidad porque necesitamos conocer mejor nuestra enfermedad y saber cómo podemos actuar. También voy al taller de memoria de la Pedrera. Allí nos sentimos muy valorados. Nos motivan y nos hacen pensar. Eso es fundamental.Activarse desde el primer momento—Usted, además, ha decidido participar en investigación. ¿Por qué?—Si los investigadores avanzan, nosotros avanzamos. Todo lo que tenemos se lo debemos a quienes investigaron antes. Por eso también soy voluntaria. Si los medicamentos que existen hoy han sido posibles porque otras personas participaron en ensayos, ahora me toca a mí hacerlo por las generaciones futuras. Y creo que estamos viviendo una época importante. Hay fármacos capaces de ralentizar la enfermedad y cada vez se diagnostica antes. Eso da esperanza.—¿Qué le diría a alguien que acaba de escuchar las palabras «tiene alzhéimer»?—Que no se quede en casa lamentándose. Que se active desde el primer momento. Que busque apoyo en la familia y los amigos, porque son el motor que te da fuerza. Y que haga cuanto antes todos los trámites de dependencia y discapacidad, porque tardan. Hay que quitarse esas preocupaciones de encima para dedicar la energía a lo importante: mantener activas las neuronas. Y, sobre todo, que no tenga miedo. Ocultar la enfermedad supone gastar una energía enorme en intentar que los demás no se den cuenta. Esa energía se la estás quitando a tu cerebro.—¿Todavía pesa demasiado el estigma?—Sí. Tengo amigas que llevan años diagnosticadas y sus hijos todavía no lo saben. Yo quiero que la gente pierda ese miedo. Desde que yo hablo de mi enfermedad, algunas personas me han dicho que, al escucharme, han decidido hacerse las pruebas. Si mi experiencia sirve para que alguien se diagnostique antes, ya habrá valido la pena.—¿Qué espera del futuro?—Que la ciencia encuentre una cura. Y estoy convencida de que llegará si seguimos investigando. Por eso hay que colaborar, ser voluntarios y apoyar la investigación. Yo quiero seguir haciendo cosas mientras pueda. Mañana no sé cómo estaré, pero hoy estoy aquí, estoy lúcida y puedo disfrutarlo. El alzhéimer me ha enseñado a vivir de otra manera. No es el final. Es aceptar lo que tienes y aprender a vivir el momento. Y, mientras pueda, quiero hacerlo con humor, con mi familia y ayudando a los demás.
- Tu hijo se va a estudiar fuera ¿Cómo acompañarle sin estar encima?por Soledad Barbacil en 20 de septiembre de 2026 a las 23:20
«¿Has llegado bien? ¿Has comido? ¿Qué tal la habitación? ¿Ya conoces a alguien? ¿Y las clases?». Para muchos padres, el comienzo de la universidad de un hijo llega acompañado de una nueva rutina: mirar el móvil con más frecuencia, esperar sus mensajes y contener las ganas de preguntar constantemente cómo está. Sobre todo cuando, además de empezar una carrera, el joven se ha marchado a estudiar a otra ciudad y está viviendo por primera vez lejos de casa. Es un momento importante para toda la familia. Para el estudiante supone enfrentarse a una ciudad nueva, nuevas responsabilidades y una forma diferente de estudiar, pero también empezar a tomar decisiones por sí mismo. Y para los padres implica aprender a acompañar sin convertir ese acompañamiento en una supervisión permanente.«La clave está en cambiar el papel de los padres», explica Javier Muñoz, director de Operaciones de Livensa Living. Hasta ese momento, señala, probablemente han estado muy presentes en muchas decisiones del día a día, mientras que la universidad «es también una oportunidad para que el joven empiece a asumir responsabilidades ». Una de las primeras dificultades para las familias es encontrar el equilibrio entre mantenerse disponibles y dejar espacio al estudiante. Muñoz considera que acompañar no significa resolver todos los problemas, sino «estar disponibles cuando lo necesite y confiar progresivamente en su capacidad para gestionar esta nueva etapa».Por eso, durante estas primeras semanas puede ser positivo mantener el contacto, pero evitando que cada llamada se convierta en un interrogatorio . Una llamada o un mensaje para saber cómo está puede resultar especialmente importante al principio, pero el joven también necesita tiempo para construir sus propias rutinas, conocer gente y descubrir la ciudad en la que va a vivir. Una pregunta tan sencilla como «¿cómo estás viviendo esta experiencia?» puede aportar más información que centrarse exclusivamente en las notas o en si ha ido bien el primer día de clase. Las primeras semanas son precisamente el momento en el que comienza a construir su nueva vida.Cuando un estudiante se marcha fuera, el cambio no se produce únicamente en las aulas. Para muchos, es la primera experiencia lejos de su familia y supone aprender a organizar comidas, horarios, estudios, descanso, desplazamientos y relaciones sociales. También el lugar en el que vive puede formar parte de ese proceso. «No se trata simplemente de encontrar una habitación, sino de elegir el entorno en el que el estudiante va a vivir durante una etapa muy importante de su vida», apunta Muñoz. En este sentido, aspectos como disponer de un espacio adecuado para estudiar, zonas comunes, posibilidades para hacer deporte, seguridad o servicios de atención pueden contribuir a que el joven tenga una base estable desde la que afrontar esta nueva etapa.El reto de llegar a una ciudad sin conocer a nadieUno de los aspectos que más puede pesar durante las primeras semanas es la sensación de estar solo. Llegar a una ciudad nueva sin amigos ni referentes conocidos puede generar cierto aislamiento , especialmente al principio. Por eso, la posibilidad de relacionarse con otros estudiantes adquiere importancia. «Tener la posibilidad de conocer a otros estudiantes que están pasando exactamente por la misma situación facilita muchísimo esa transición», explica el experto.Las residencias universitarias han incorporado en los últimos años espacios y actividades destinados a favorecer esa convivencia . En el caso de Livensa, por ejemplo, cuentan con programas deportivos, culturales y sociales y con iniciativas como Community Life, en la que residentes veteranos acompañan a los recién llegados durante su adaptación. No significa que todos los jóvenes tengan que participar en todas las actividades. Se trata, según Muñoz, de crear oportunidades para que quienes quieran hacerlo puedan conocer a otras personas y empezar a construir una red social.«Esa combinación entre autonomía y acompañamiento es importante los primeros meses» Javier MuñozQue un estudiante eche de menos su casa o tarde un tiempo en hacer amigos no significa necesariamente que exista un problema. La adaptación es un proceso y las primeras semanas pueden estar llenas de cambios. Precisamente por eso, el experto considera relevante que exista un entorno al que el joven pueda recurrir si necesita ayuda. «Esa combinación entre autonomía y acompañamiento es especialmente importante durante los primeros meses», señala. El bienestar emocional también forma parte de esta nueva etapa. La vida universitaria puede implicar presión académica, cambios de hábitos y nuevas responsabilidades, a lo que en algunos casos se suma estar por primera vez lejos de la familia.Por ello, a la hora de valorar el alojamiento, el experto recomienda no limitarse a la habitación o al precio, sino conocer también qué recursos existen para acompañar al estudiante en su día a día. En Livensa, por ejemplo, cuentan con un servicio de apoyo psicológico gratuito y confidencial para sus residentes. Precisamente uno de los errores que pueden cometer las familias es fijarse principalmente en el precio, la ubicación o el aspecto de la habitación. Son elementos importantes, pero no son los únicos.Muñoz recomienda imaginar cómo será un día normal del estudiante: cuánto tardará en llegar al campus, dónde podrá estudiar, qué espacios tendrá para descansar y relacionarse y a quién podrá acudir si surge un problema. También aconseja preguntar antes de firmar por las condiciones del contrato, qué servicios están incluidos, cuáles tienen un coste adicional , cómo funcionan el mantenimiento y la limpieza, qué medidas de seguridad existen y qué actividades se organizan. Y hay una recomendación especialmente sencilla: hablar con algún residente que ya viva allí. Su experiencia puede ayudar a la familia a hacerse una idea más real de cómo es el día a día. Marcharse a estudiar fuera no significa que el joven deje de necesitar a su familia. Significa que la relación empieza a cambiar. Los padres siguen siendo una referencia, pero poco a poco dejan de ocupar el papel de quienes solucionan cada cuestión cotidiana. El estudiante necesita empezar a gestionar sus propios horarios, resolver pequeños problemas, tomar decisiones y descubrir qué funciona para él.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Una de cada seis familias financiará la vuelta al cole: cómo planificar el gasto para evitar que sea la primera opción noticia Si Los menores pasan casi 4 horas al día pegados a las pantallas noticia Si Granada anula sus acuerdos con la universidad mexicana de Morelos tras el asesinato de Claudia noticia Si Uniformes y material escolar lideran los gastos más grandes en la vuelta al cole para las familias de Córdoba«Es importante que el estudiante sienta que sus padres están ahí, pero también que tiene espacio para tomar sus propias decisiones », señala Javier Muñoz, director de Operaciones de Livensa Living. El experto resume así el cambio que implica para las familias el paso de vivir en casa a hacerlo fuera: acompañar al joven mientras empieza a asumir responsabilidades y a gestionar por sí mismo esta nueva etapa.
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